Un día me desperté y me vi rodeada de muerte. Porque trajeron la muerte a mi tierra.
No hubo bombas. No hubo misiles. No sonaron las sirenas de alarma nuclear ni se oyeron los disparos entre la confusión del polvo. No se llenaron las calles de soldados enfundados en secos uniformes de camuflaje que entre gritos y señas tiraban granadas, ni siquiera tuvimos el placer de poder luchar con nuestros brazos como únicos aliados, de poder arañar sus ojos mientras apretaban el gatillo. Pero, a pesar de todo, trajeron la muerte, una muerte sin honor en una guerra sin héroes.
Me pregunto quiénes son. Dónde viven. A veces incluso me pregunto si existen o existieron. Porque, aunque la destrucción es dolorosamente palpable, dudo que pueda haber alguien capaz de algo así.
Voy al centro de Madrid y veo multitudes enfurecidas, pero a la vez heridas de muerte, marcadas por las heridas de una guerra que quitó el brillo de su mirada. No tienen nada que perder y lo que es peor, nada, absolutamente nada que ganar. Son generaciones perdidas a las que les robaron el futuro en una guerra silenciosa que llegó sin avisar y anidó en lo que parecía la Tierra Prometida, que dejó de manar leche y miel.
Veo a los sindicatos escondidos tras sus pancartas reclamando los derechos laborales perdidos y me río. Me río porque el problema no son los derechos. El problema es que no hay trabajo. Porque si caminas unas pocas calles te encuentras frente a una larga fila de trabajadores alienados, privados de su propia esencia de hombres.
Observando a hombros de un amigo a la marea verde de profesores protestando por los recortes en educación hago un ejercicio de imaginación y cierro los ojos. Los veo. A ellos. Pero no llevan uniformes de militar. No llevan AK-47. No son inmigrantes malvados que planean quitarnos nuestro país. No son asesinos a sueldo. No son patibularios. No son huidos de la justicia. No son pederastas. No son violadores. Ni siquiera tienen cuernos o tridente. No.
Son hombres respetables. Llevan carísimos trajes hechos a medida y gemelos de oro en los puños de las camisas de alta costura. Caminan con ese paso firme que solo los zapatos italianos proporcionan por las sedes de los organismos internacionales dando la mano a los líderes políticos. Puedo ver sus sonrisas de ejecutivos de éxito. Veo a sus rubias mujeres y a sus adorables niños que corretean por el ático de un piso en la Quinta Avenida. O en Neully-sur-Seine, o en el Barrio Salamanca.
Ya no me interesan los colores políticos, los mítines de cartón-piedra, los eslóganes enlatados, los grupos antisistema, el 15-M. Eso me da igual. No me importa que en Bruselas decidan intervenirnos, que la prima de riesgo suba cada día, que Bankia llegue a la bancarrota, que nos echen de la Unión Europea. Que no. Que no es eso.
Si hay algo que me encoge el corazón es pensar en nosotros, en todos nosotros, en nuestra gente, la que está cerca y la que no. En los cincuentones sentados en bancos del Parque Juan Carlos I cada lunes, en las madres que llevan a sus niños a comedores sociales porque no tienen un triste mendrugo de pan que darles, en los profesionales cualificados que se ahogan entre las cuatro paredes de su casa, en los jefes que tienen que firmar un ERE, y luego, otro, en los que ya eran pobres y ahora no saben ni lo que son.
Pero sobre todo, me aterra pensar en mí. En mí y en mi hermano. En nuestros amigos. En nuestros compañeros del colegio. ¿Qué clase de futuro nos espera a nosotros? ¿Qué se supone que haremos cuando acabemos los años de estudios que nos quedan? ¿Qué nos quedará en esta tierra maldita de vagos, corruptos y ladrones?
Miro al futuro y solo puedo pensar en emigrar, en marcharme lejos de esta locura mediterránea, a un país frío del norte de Europa lleno de rubitos insípidos de tiernos ojos azules. Y allí, entre la nieve y los paisajes grises, tener niños rubios, llevar gemelos de oro y tacones de Louboutin bajo la bata blanca, cómplice de la asfixia a los pobres del sur de Europa. Pero la vida es así. ¿Quién va a quedarse a levantar el país? Yo, no. Y mi hermano, tampoco. Si se hunde España, que se hunda.
No somos patriotas, somos supervivientes.