viernes, 25 de mayo de 2012

Y hoy sí que sí, más Leonor que nunca.

Soy yo, que lo sueño:

¿Son imaginaciones mías o me miras?
¿Me sigues? ¿Piensas en mí aunque no debieras hacerlo?
¿Disimulas luego? ¿O soy yo, que lo sueño?

¿Será la primavera? ¿Será el calor? ¿Serán los desmayos?
¿Será la literatura ausente? ¿Los rezos?
¿También te das cuenta? ¿O soy yo, que lo sueño?

¿Serán los poetas ultrajados? ¿Los novelistas ninguneados?
¿Las estatuas vivientes? ¿El sol que moja?
¿Los caballeros andantes? ¿O soy yo, que lo sueño?

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Si notas que una obsesión desaparece, ten por seguro que es porque llega otra peor.

Lo divertido de las obsesiones es que, cuando se pasan, podemos volver a sentirlas solo por un segundo, un instante en que nos reímos de nuestra estupidez pasada a la par que disfrutamos de aquello que nos gustó y estaba prohibido. Eso es lo que me pasa a mí contigo. Contigo, contigo, y solamente contigo.

Death to my hometown

Un día me desperté y me vi rodeada de muerte. Porque trajeron la muerte a mi tierra.
No hubo bombas. No hubo misiles. No sonaron las sirenas de alarma nuclear ni se oyeron los disparos entre la confusión del polvo. No se llenaron las calles de soldados enfundados en secos uniformes de camuflaje que entre gritos y señas tiraban granadas, ni siquiera tuvimos el placer de poder luchar con nuestros brazos como únicos aliados, de poder arañar sus ojos mientras apretaban el gatillo. Pero, a pesar de todo, trajeron la muerte, una muerte sin honor en una guerra sin héroes.
Me pregunto quiénes son. Dónde viven. A veces incluso me pregunto si existen o existieron. Porque, aunque la destrucción es dolorosamente palpable, dudo que pueda haber alguien capaz de algo así.
Voy al centro de Madrid y veo multitudes enfurecidas, pero a la vez heridas de muerte, marcadas por las heridas de una guerra que quitó el brillo de su mirada. No tienen nada que perder y lo que es peor, nada, absolutamente nada que ganar. Son generaciones perdidas a las que les robaron el futuro en una guerra silenciosa que llegó sin avisar y anidó en lo que parecía la Tierra Prometida, que dejó de manar leche y miel.
Veo a los sindicatos escondidos tras sus pancartas reclamando los derechos laborales perdidos y me río. Me río porque el problema no son los derechos. El problema es que no hay trabajo. Porque si caminas unas pocas calles te encuentras frente a una larga fila de trabajadores alienados, privados de su propia esencia de hombres.
Observando a hombros de un amigo a la marea verde de profesores protestando por los recortes en educación hago un ejercicio de imaginación y cierro los ojos. Los veo. A ellos. Pero no llevan uniformes de militar. No llevan AK-47. No son inmigrantes malvados que planean quitarnos nuestro país. No son asesinos a sueldo. No son patibularios. No son huidos de la justicia. No son pederastas. No son violadores. Ni siquiera tienen cuernos o tridente. No.
Son hombres respetables. Llevan carísimos trajes hechos a medida y gemelos de oro en los puños de las camisas de alta costura. Caminan con ese paso firme que solo los zapatos italianos proporcionan por las sedes de los organismos internacionales dando la mano a los líderes políticos. Puedo ver sus sonrisas de ejecutivos de éxito. Veo a sus rubias mujeres y a sus adorables niños que corretean por el ático de un piso en la Quinta Avenida. O en Neully-sur-Seine, o en el Barrio Salamanca.
Ya no me interesan los colores políticos, los mítines de cartón-piedra, los eslóganes enlatados, los grupos antisistema, el 15-M. Eso me da igual. No me importa que en Bruselas decidan intervenirnos, que la prima de riesgo suba cada día, que Bankia llegue a la bancarrota, que nos echen de la Unión Europea. Que no. Que no es eso. 
Si hay algo que me encoge el corazón es pensar en nosotros, en todos nosotros, en nuestra gente, la que está cerca y la que no. En los cincuentones sentados en bancos del Parque Juan Carlos I cada lunes, en las madres que llevan a sus niños a comedores sociales porque no tienen un triste mendrugo de pan que darles, en los profesionales cualificados que se ahogan entre las cuatro paredes de su casa, en los jefes que tienen que firmar un ERE, y luego, otro, en los que ya eran pobres y ahora no saben ni lo que son. 
Pero sobre todo, me aterra pensar en mí. En mí y en mi hermano. En nuestros amigos. En nuestros compañeros del colegio. ¿Qué clase de futuro nos espera a nosotros? ¿Qué se supone que haremos cuando acabemos los años de estudios que nos quedan? ¿Qué nos quedará en esta tierra maldita de vagos, corruptos y ladrones?
Miro al futuro y solo puedo pensar en emigrar, en marcharme lejos de esta locura mediterránea, a un país frío del norte de Europa lleno de rubitos insípidos de tiernos ojos azules. Y allí, entre la nieve y los paisajes grises, tener niños rubios, llevar gemelos de oro y tacones de Louboutin bajo la bata blanca, cómplice de la asfixia a los pobres del sur de Europa. Pero la vida es así. ¿Quién va a quedarse a levantar el país? Yo, no. Y mi hermano, tampoco. Si se hunde España, que se hunda.
No somos patriotas, somos supervivientes.

sábado, 5 de mayo de 2012

Rescatada de entre los borradores

29/10/11
Liss deshojaba una margarita, dejando caer los pétalos al agua marina. Le pareció raro el contacto entre dulce y salado (eso suponiendo que las margaritas sean dulces). No decía "me quiere, no me quiere", ni siquiera lo pensaba, el sacrificio de esa flor era en vano (como si desmembrar una inocente margarita por superstición amorosa fuese una forma de morir de las que valen la pena). Sonaba música, la típica banda sonora de película. Era íntima, sentimental, empalagosa incluso, pero a Liss ya le daba lo mismo. Pensó que, ni masacrando todas las margaritas del mundo como estaba haciendo con esa, lograría conseguir que, en la mezcla resultante, hubiese más pétalos que agua, o más pétalos que sal. Imaginó un mar de pétalos blancos, con sus olas y sus sirenas, con sus peces y sus corales. No, era imposible. 

***
Así era como funcionaban las cosas. ¿Qué importaba que ella fuera más guapa, más alta, más inteligente, más sonriente? Que ella fuera quien siempre le hacía reír y quien conocía sus pensamientos más secretos, alguien con quien pasar las horas sin darse cuenta de que las agujas del reloj se han movido. Todo eso no importaba. No tenía suerte. Y es la suerte la que maneja nuestras vidas de esa forma cruel que deja sin aliento por las noches. Pobre Roxanne. No valía nada, era una simple moneda de cambio, una amiga de esas que son buenas pero pasan desapercibidas. Y él la utilizaba. Porque sabía lo que pasaba entre ellos. Que estaban predestinados y todo eso. Pero pudiendo tener dos, ¿por qué conformarse con una? Hablaba con Roxanne, con ella pasaba las tardes frías junto a una taza de té. Era ella quien le acariciaba el pelo color fuego. Pero ni siquiera rozaba sus labios con un beso. Le daba la mano durante mucho rato. Y le dejaba la boca con el sabor agridulce de la miel salvaje.

***
A Liss no le iban mucho mejor las cosas. Le olían las manos a mora, como el armario, como los días en los que Delilah aún vivía. Y eso le dolía. Porque era una cicatriz. "Regálame tu risa..." Cállate, joder, cállate, que Delilah murió, se desintegró, desapareció del todo. "Pero puedo quedarme contigo, Liss" Ni de coña. "Ya veremos, niña, ya veremos".

***
Roxanne saltó dentro de la fuente con la ropa puesta. El jersey se le pegó al cuerpo, completamente empapado. Pero no importaba. Necesitaba sentir que estaba viva. Y lo estaba. 

***
Liss desechó todas esas estúpidas ideas sobre las malditas margaritas. Y empezó a dibujar onditas en la arena con el dedo. Parecían emes. Probablemente lo eran. Pero no era buena idea. No. No. No. Como si fuera a poder evitarlo...  Eso era probablemente lo más deprimente de todo. O lo que más le hacía sonreír.
A seiscientos kilómetros. Más o menos. Y a mil doscientos de su corazón. Aunque a solo doce de la playa. 

En mayo

Querido Francesco:
Hoy.
Ahora.
No mañana.
No en agosto.
No nunca.
Doble negación.
Con todo mi afecto,

Tu Farfalla.

PD: no, yo no te quiero. Vuelve con tu prometida. Y cúbrela de flores. Te perdonará haber dudado. Y os casaréis en mayo, cuando el sol bañe la Toscana. Y yo estaré en primera fila, aunque no me invites. Para verte marchar. Para siempre.

Diez cosas que nunca podré deciros. Pero que os escribo. Aunque no las vayáis a leer. O si.

1. Os odio.
2. Me habéis dejado sola.
3. Espero que algún día necesitéis mi ayuda y pueda negárosla.
***
4. Y, al final, otra hizo lo que yo temía hacer.
5. Supongo que te lo mereces.
***
6. Por algo nunca se manda a los astronautas al espacio de tres en tres.
7. Te darás cuenta de lo que has hecho. O no.
8. Volverás. Y me reiré.
***
9. Puedes engañarte todo lo que quieras. Sabes lo que has hecho.
***
10. Y, al final, conseguí terminar mi muro.
-ISOLATED-